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Hacia la era de lo táctil

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Hacía tiempo que no viajaba por España y me recorría buena parte de la geografía española, en un viaje por carretera a Valencia con motivo de las XII Jornadas de los escritores pro derechos humanos. En este periplo tanto Carmen mi compañera, como yo, hemos comprobado cómo han cambiado las cosas a la hora de pedir un menú en una hamburguesería o de pagar la cuenta en un restaurante de carretera.

En la primera, una multinacional de la hamburguesa, nos topamos de sopetón con una pantalla táctil donde había que hacer el pedido, ya que, la chavala del mostrador nos informó de que ya no se podía realizar de la manera tradicional. Ella solo cobraba y te entregaba la comida.

Así que tuvimos que ir pulsando digitalmente los menús que queríamos pedir, las bebidas, los complementos, las salsas, si pagábamos con tarjeta o en metálico, si comíamos allí o nos llevábamos la comida al coche, en fin, que tardamos un rato en quedarnos con el cante, mientras que había niños de corta edad que hacían su pedido a la velocidad del rayo.

Ya sentados, bromeamos Carmen y yo en que, en un día no muy lejano, a la hora de ir a los servicios nos íbamos a encontrar con un panel táctil semejante en el que nos preguntarían: ¿Qué va a hacer usted en nuestras dependencias? Si va a defecar pulse 1, si va a orinar pulse 2 y si solo va a ventosear pulse 3. En fin, todo se andará, pensamos.

A la hora de la merienda, entramos en un gran restaurante de carretera y allí nos encontramos con un “autoservicio” y a la hora de pagar con una máquina donde, a la manera de los cajeros de los parkings, teníamos que introducir billetes y monedas hasta cumplimentar el precio de nuestra consumición. Lo mismo nos ocurrió por la noche en el hotel. Y ya informaban de que se podía pagar con la cara, es decir, mostrando el rostro en una especie de espejo que te hacía un barrido facial con una especie de rayo láser y ya, inmediatamente, te habían sacado el dinero de tu tarjeta de crédito. Digno de una novela de Isaac Asimov o de Philiph K. Dick, a quien rendiremos tributo en la cercana edición ya de Algeciras Fantástika.

Fue una experiencia que nos hizo sentirnos viejos, anticuados, pasados de moda, analfabetos tecnológicos, carrozas en un mundo de pantallas, ratones, tarjetas, tablets y todo tipo de artilugios que no sabemos ni para qué se utilizan. Si eso nos pasa a nosotros que atravesamos aún la cincuentena, ¿Qué pensarán nuestros padres de este mundo robotizado y cada vez más despersonalizado? Menos mal que cuando subimos a la habitación, un poema de Marinero en tierra de Alberti nos esperaba en la pared principal.

Y es que hay algo que aún no se puede mecanizar y esa es la poesía. Una monumental biblioteca de libros de papel, antiguos y descatalogados, en el hall del hotel nos abrió el apetito.

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